
A Coruña.— Paulo Monteiro lleva toda una vida ligado al cómic, pero su actividad va mucho más allá del dibujo. Ilustrador, autor, escritor, gestor cultural e impulsor de proyectos, ha convertido Beja en uno de los centros del cómic portugués. Allí creó una comunidad de autores que lleva tres décadas trabajando alrededor del colectivo Toupeira.
También impulsó la Bedeteca y un festival que cada año lleva a la ciudad a autores procedentes de todo el mundo. Su propia obra, más íntima y personal, llegó relativamente tarde a las librerías, pero obtuvo importantes reconocimientos. En El amor infinito que te tengo reunió diez historias en las que la memoria, las experiencias personales y el amor se convierten en materia narrativa. Ahora prepara un nuevo libro protagonizado por un hombre incapaz de reconocer las oportunidades que la vida le ofrece.
Monteiro habla también de la fuerza actual del cómic portugués y de un ecosistema que considera especialmente rico. Su relación con Galicia es igualmente intensa, tanto por la programación del festival como por sus propias raíces familiares. Conversamos con él sobre dibujo, memoria, cultura, Portugal y Galicia, y sobre la capacidad del cómic para crear comunidad.
Tengo muchos intereses diferentes; siempre los he tenido. Pero hay una cosa que quise ser desde que tengo memoria: autor de cómic. Empecé a leer las revistas de cómic de mi hermano, que es mayor que yo, y recuerdo que incluso intenté aprender a leer para poder leer aquellos cómics.
Tenía cinco o seis años y en casa había muchas revistas. Mi hermano coleccionaba la revista Tintin, que entonces era una puerta de entrada a todo el cómic francobelga: Tintín, Astérix, Corto Maltés, Bernard Prince, Blake y Mortimer... Para mí aquello era fascinante.
Durante un tiempo pensé que todo el mundo leía cómics y que todo el mundo dibujaba. Solo más tarde descubrí que no era así. Y, para mi sorpresa, también descubrí que había gente que no leía cómics.
Sí. Mi padre también leía cómics, dibujaba y pintaba; mi madre escribía cuentos para algunas revistas. Y todavía conservo cómics de finales del siglo XIX que pertenecían a mi abuelo. Por parte materna, además, tenemos raíces gallegas. Era algo transversal en la familia. Había revistas, libros, almanaques... El cómic formaba parte de la vida familiar. Yo empecé a dibujar muy pequeño y nunca abandoné ese interés.
Siempre he tenido dificultades para escoger, porque quería hacer muchas cosas. En el instituto estudié artes plásticas y también letras. Llegué a matricularme en Bellas Artes en Macao, pero abandoné. También pensé en estudiar Antropología, Literatura, Historia, Periodismo... Al final fui a Historia del Arte, pero al mismo tiempo estudié pintura, escenografía para teatro y cine de animación. Hace pocos años hice incluso una película de animación. También escribí para la radio y para periódicos, hice teatro de sombras chinescas en las escuelas, toqué la guitarra... Siempre he sido un poco así.
Estaba haciendo el máster en Lisboa y solicité una beca. Me quedé en Beja y me encantó. Había vivido en la zona de Lisboa y, de repente, me fui al Alentejo. Mi vida cambió completamente. Llegué con veintitrés años y me quedé. Incluso llamé a mi profesor para decirle que ya no quería volver a Lisboa, que me iba a quedar en Beja. Él no se puso muy contento, pero para mí fue maravilloso. Allí trabajé en un museo, me encargué del servicio educativo, hice un periódico para niños, teatro de marionetas, exposiciones... Podía pasar por la mañana trabajando en un texto sobre escultura del siglo XIV y por la tarde haciendo teatro de marionetas. Esa diversidad me encantaba.
Yo hacía cómics desde muy joven, quizá desde los cinco o seis años. Lo que llegó tarde fue la publicación. Publiqué mi primer libro cuando tenía 42 años. Había hecho muchos trabajos de ilustración antes, incluso para niños, pero siempre quise hacer un cómic más personal, más íntimo. Nunca hice demasiada fuerza para que saliera. Fue como si la vida me fuera llevando hacia las historias que necesitaba contar. A veces tenemos que vivir determinadas experiencias para poder hablar de ellas. Por eso tardé tanto.
El amor infinito… tiene diez historias, muy íntimas, y todas tienen que ver de algún modo con mi recorrido. Algunas son más tristes y otras menos, pero hay cierta dulzura en ellas. Son historias sobre el amor, pero también sobre las experiencias y sobre las personas. Quizá por eso tardó tanto en aparecer. Necesitaba pasar por determinadas cosas antes de poder contarlas.
Sí, fue una sorpresa. Tuve tres premios en Portugal, otro en Francia y también un reconocimiento en España, como cómic del año de la Generalitat Valenciana. Ni siquiera sabía si el libro iba a publicarse.
Tuve la suerte de contar con personas que me apoyaron y con un editor que confió en el proyecto. Llevo toda una vida en el sector: empecé a escribir sobre cómic para los periódicos a los dieciséis años, la primera exposición que organicé fue cuando tenía catorce. Conozco a autores, críticos, periodistas, editores y libreros desde hace décadas. Esa red también fue importante.
Es un libro de unas cien páginas que quiero terminar este año. Ya tengo prácticamente todas las páginas esbozadas y ahora estoy pasando a limpiarlas. Es muy diferente de El amor infinito que te tengo. Cuenta la historia de un hombre muy amargado, incluso violento, al que de repente la vida le sonríe. El problema es que él no es capaz de disfrutar de esa oportunidad.
A veces tenemos un futuro maravilloso delante y estamos tan amargados que no conseguimos aprovecharlo. Este hombre podría tenerlo todo y acaba quedándose sin nada.
Exactamente. Quería que las personas odiasen al personaje y que, al final, acabasen identificándose con él. Porque nosotros nunca somos completamente buenos ni completamente malos. A veces somos egoístas, mezquinos, desagradables... Todos tenemos esas partes. Me interesa esa contradicción. Que el lector piense que está mirando a otra persona y, de repente, se dé cuenta de que también hay algo de él en ese personaje.
En 1996 organicé un taller de cómic con varios autores. Yo daba las clases, pero no era una enseñanza clásica. Mostrábamos trabajos, conversábamos, intercambiábamos impresiones y cada persona hacía lo que tenía que hacer. Fue un éxito muy grande. Aparecieron muchos jóvenes que hacían muy buen cómic. La mayoría continúa hoy en el colectivo. El taller se transformó en el Coletivo Toupeira y este año cumplimos treinta años.
Hoy somos más de treinta personas dibujando. Muchos de los que empezaron entonces son autores consolidados en Portugal y continúa entrando gente nueva. Es algo que me da mucha satisfacción.
En 2005 la Câmara Municipal de Beja consideró que había que dar un marco a aquel grupo y propuse la creación de la Bedeteca, una biblioteca especializada en cómic que tuviera también características de taller de trabajo. La idea era que hubiera mesas de dibujo, mesas de luz y espacio para que los autores pudieran trabajar, pero también que cualquier persona pudiera entrar, leer y llevarse libros. Y que aquel espacio sirviera para hacer conferencias, exposiciones y actividades. De aquella idea nació también la posibilidad de organizar un gran evento dedicado al cómic.
Queríamos que fuera un festival a nuestra escala. Beja es una ciudad pequeña, en el interior del Alentejo, lejos de los grandes centros urbanos. Y, sin embargo, conseguimos llevar autores de todo el mundo. Tenemos una filosofía muy clara: juntar autores consagrados con autores que están empezando. Podemos tener una exposición de un autor internacionalmente famoso y, al lado, la primera exposición de un chico o una chica que acaba de hacer un fanzine. Este año, por ejemplo, hemos tenido a Thomas Ott y al lado una exposición de Beatriz Brajal, una autora de 19 años que hacía su primera exposición. Para mí eso es fantástico. Los autores consagrados también fueron jóvenes algún día.
Sí. Queremos que sea un festival muy humano. Los autores tienen un momento para los autógrafos y otro para conversar, pero el resto del tiempo están allí, hablando con los lectores y entre ellos, tomando una cerveza... El festival abre por la noche y hay conciertos ilustrados, actividades en la calle, comida y bebida. Es una atmósfera muy familiar. Beja tiene unos veinte mil habitantes y, sin embargo, recibimos cada año diez u once mil visitantes. Viene gente de todo Portugal y también de España.
Creo que nunca hemos pasado por un momento tan bueno. La historia del cómic portugués es muy rica y diversa. Comienza ya en el siglo XIX y hemos transitado por las diferentes fases del cómic europeo. Portugal tuvo una relación muy fuerte con Francia y también con Brasil. Cuando yo era niño había muchísimas revistas en los quioscos. Teníamos publicaciones portuguesas, brasileñas, europeas, americanas... Yo podía tener seis, siete, ocho o diez títulos diferentes cada semana. Era maravilloso. Yo gastaba el dinero que me daban para comer en comprar revistas. A veces llegaba a casa con hambre porque me había gastado todo en cómics.
Sí. Ahora tenemos entre 200 y 250 autores trabajando, aunque sea con cierta intermitencia. Tenemos más de cincuenta editores de cómic, varios festivales, nueve bedetecas y cada vez más librerías especializadas. También hay residencias artísticas, becas, premios y un apoyo institucional que antes era mucho más difícil de encontrar. Hace tres años, el cómic entró en la Academia Nacional de Bellas Artes. Desde el punto de vista estatutario es muy importante: el cómic pasa a estar junto a la pintura, la escultura, el dibujo, el cine o la danza. Es todo un ecosistema. Y es un ecosistema muy rico.
Es muy importante. Tenemos relaciones muy fuertes con Brasil, Angola, Cabo Verde, Mozambique, Guinea-Bisáu, Santo Tomé o Timor. En Angola, por ejemplo, hay autores y festivales muy interesantes, como Luanda Cartoon. Desde Beja intentamos crear puentes. Hacemos exposiciones, invitamos a autores y ahora estamos desarrollando proyectos para crear bedetecas en Angola y Guinea-Bisáu. Para mí la relación con África lusófona es también una cuestión cultural. La historia es un fardo pesado y tenemos que asumir tanto las cosas buenas como las malas del pasado. Pero lo importante es también pensar en lo que podemos construir a partir de ahora.
Es una relación muy especial. En el Festival de Beja hemos llevado a muchos autores gallegos. Hicimos exposiciones de David Rubín, Miguelanxo Prado, Altar Mutante y otros autores. En 2014 hicimos una gran exposición colectiva con más de cincuenta autores gallegos. E intentamos que esa presencia se extienda también a la programación cultural: hicimos queimada, leímos poemas de Rosalía de Castro... Es una manera de acercar Galicia a Beja. Yo, además, tengo bisabuelos de Vigo, así que siempre he sentido esa proximidad. Hay algo curioso: en el norte de Portugal esa relación es muy natural, pero incluso en el sur existe esa sensación de que los gallegos son nuestros primos que viven ahí arriba.
Sí. Hay una historia de mi libro, «Para Lá dos Montes», en la que aparece una carretera que va hacia el norte, a Oporto y a la «hermana Galicia», a Vigo y A Coruña. Cuando hice la historia no pensé conscientemente en eso. Era algo que yo sentía y simplemente apareció. Después me di cuenta de que allí estaba esa relación con Galicia. Es curioso cómo las cosas que llevamos dentro acaban apareciendo en lo que hacemos.
Hay muchos. El problema es que a veces no son tan conocidos fuera de Portugal como merecerían. Hay autores con una obra extraordinaria, como Filipe Abranches, Miguel Rocha, Dinis Conefrey, Maria João Worm, António Jorge Gonçalves, Louro o Nuno Saraiva. Y también hay mucha gente joven que está apareciendo en los fanzines y en los concursos. Continuamente vemos trabajos interesantes. Lo más importante es que hay una comunidad muy activa.
Lo que más me ha impresionado ha sido la proximidad entre las personas. He sentido una sensación de comunidad muy fuerte entre los organizadores, los autores y el público. Había alegría por estar allí, por trabajar juntos. He sentido mucha proximidad con lo que hacemos en Beja. La gente estaba feliz, había una atmósfera muy buena. Ayer por la noche fuimos a tomar unas cervezas y estuvimos hablando hasta tarde. Fue fantástico. La verdad es que me da pena marcharme tan pronto. Me gustaría haber llegado antes y quedarme más tiempo. Pero espero que esto sea el comienzo de una relación más larga entre nosotros.
