
A Coruña.— Alberto Taracido llega al Viñetas desde una posición especialmente privilegiada: la de un autor que acaba de abrirse camino en el mercado francobelga con una historia profundamente ligada a sus raíces. O eco dos días rotos nació durante el confinamiento, a partir de la nostalgia por Labañou y de la memoria de una infancia vivida entre calles, monte y barrio obrero. La obra, publicada en gallego y francés, continúa en las librerías de Francia, Bélgica y Suiza dos años después de su aparición. Pero Taracido no llegó al cómic por un camino convencional. Antes pasó por el diseño gráfico, la publicidad, los videojuegos, la animación y el cine. Todo ese recorrido acabó convirtiéndose en una escuela narrativa que ahora aplica a la historieta. En su trabajo conviven la memoria, el humor, la crítica social y una especial atención a las sombras de la historia.
El éxito de O eco dos días rotos le permitió además entrar en un mercado en el que nunca imaginó encontrar un lugar tan pronto. Este año, el Viñetas lo acoge como una de sus figuras centrales, con una exposición y varias actividades en torno a su obra. Y Taracido ya mira hacia adelante, con un nuevo proyecto internacional en marcha y con la intención de hacer del cómic el centro de su vida profesional.
Nació precisamente durante el confinamiento. Me entró un ramalazo de nostalgia, de recordar la calle, e hice un par de dibujos que colgué en las redes. Saltó toda la gente de Labañou: «Joder, qué tal...». Yo venía trabajando con un estilo más americano, pero volví a algo más francobelga, que era lo que hacía años antes, cuando estaba más metido en la animación. Empecé a darle vueltas y pensé: «Aquí hay que montar algo». Trabajé mucho en el dossier, dos meses, dos meses y pico, y lo mandé a varias editoriales. Y de ahí surgió todo.
Cuando tienes un proyecto de esas características quieres que salga lo mejor posible, la cosa más grande del mundo. Pero nunca tienes control sobre si vas a llegar a donde quieres. Lo que me sorprende es que, dos años después, la obra siga en las librerías francesas. Está en gallego y en francés, en Francia, Bélgica y Suiza. Y eso es importante: sigue viva.
La obra tiene mucho de memoria histórica. Es una historia coral y amable, pero a mí me gustan las sombras, las tormentas, los contrastes. Belarmino, que es el personaje principal, es un maquis que ha perdido la memoria. A su alrededor están los chavales, que le dan ese punto de infancia e inocencia. Yo recuerdo que en mi casa la política se hablaba en voz baja. Había miedo. Quería contar ese camino iniciático para entender lo que era una posguerra y una dictadura, pero con un tono alegre e incluso con un final feliz, porque también es un homenaje a mi barrio.
Para nosotros, en aquella época, A Coruña empezaba en las Esclavas. Decías: «¿Vamos a A Coruña o nos quedamos por el monte?». Aquello era todo monte. Nos criamos como si fuese una aldea. Labañou tenía A Coruña enfrente y bajábamos allí como si fuésemos a una capital. Hoy está totalmente absorbida por el hormigón y la especulación. Os Rosales lo fue fagocitando todo y ahora van a poner As Percebeiras... Labañou va a quedar ahí en medio.
No es una denuncia en sí, aunque tiene esa retranca de poder contar una denuncia con una sonrisa. Va de solidaridad, de amistad, pero también de mojarse un poco ante las injusticias. Quería que los personajes formasen una especie de pequeña república independiente: está la banca, el funcionario, el contrabandista, la Iglesia... Es como una pequeña capital con sus poderes y con la gente de la calle.
En Francia me preguntaron cómo había conseguido hacer una historia tan universal que la gente de allí se sintiese identificada. Y tengo que ser sincero: no tengo ni puta idea. Mi intención era que aquellos chavales pudiesen ser perfectamente identificables en Francia, en Suiza o en Bélgica. En los años setenta, los chavales estaban en la calle. Los personajes son de Labañou, pero pueden ser de cualquier sitio. El resultado fue el que fue.
Sí. Hubo editoriales que querían ponerme un coguionista. Incluso había una belga más potente, pero dije que quería hacerlo cien por cien yo. Buscaba tres cosas: libertad, presupuesto y poder publicarlo fuera. Yo vengo de un ámbito laboral muy sacrificado, el cine, y no podía estar un año prácticamente sin sueldo teniendo una familia. Si esto salía, tenía que estar financiado.
Desde luego. Lo que aprendí durante años en la animación es lo que ahora puedo recoger en el cómic: la narrativa, cómo contar, el ritmo, el diseño de personajes, los ambientes... Todo lo que tiene que ver con la estructura de un cómic lo aprendí en la animación, no en los cómics.
Fue un accidente. Yo no soy de superhéroes, soy muy europeo para el cómic. Pero me llamaron desde Valiant para hacer un héroe de los años noventa, Eternal Warrior. Y pensé: «Cógelo, cógelo, está todo bien». Fue una experiencia bestial y además era el primer comic book que hacía como tal, de más de cien páginas. Trabajé músculos, fuego, humo... Me quedé muy contento, pero también me di cuenta de que donde disfruto realmente es en el cómic europeo. Eso no significa que cierre la puerta al mercado americano, pero lo de los superhéroes no es lo mío.
Venía de una necesidad de dibujar y de contar. Después de la crisis de 2008, en el estudio hacíamos de todo, pero empecé a notar la falta de horas de dibujo y, sobre todo, de narrativa. De contar historias. Entonces empecé a sacar horas por las tardes y a idear una historia. Hay crítica social, poderes corruptos, una vendetta en África... Es una historia bastante oscura y una auténtica locura.
Es un orgullo. Llevo años viniendo al Viñetas como visitante. Además, la semana del Viñetas prácticamente siempre coincide con mi cumpleaños. Ahora estar aquí con una exposición, con un equipo de trabajo que son todos colegas, es una fiesta. Es un año muy especial.
Sí. Si miro atrás, hace cinco o seis años esto era un plan B que estaba ahí, pero no era el foco principal. Las circunstancias y las ganas de romper en mi carrera hicieron que acabara aquí. Toqué muchos palos y todo ese conocimiento acabó llegando al cómic. Ahora quiero hacer esto tranquilamente, con más calma.
Prácticamente. Todavía quedan cosas de animación, porque hay colegas que me llaman para hacer personajes o storyboards, y si son colegas siempre me gusta trabajar con ellos. Pero el foco está en el cómic.
Tengo un montón de proyectos. Estoy con una cosa muy grande para Francia y para el mercado francobelga que terminaré en septiembre del año que viene, pero todavía no puedo contar mucho. También tengo muchas ganas de hacer una precuela para saber qué pasó con Belarmino, por qué perdió la memoria y qué hay detrás de esos momentos tan duros de su historia. Pero estratégicamente creo que es mejor darle un poco más de tiempo.
Cinco. Cinco tipos más yo. Seríamos seis, y cada uno con una historia. Sería la hostia. Pero el día tiene las horas que tiene. Así que ahora toca tomárselo con calma, con buena letra y rodeado de colegas. Eso es muy importante.
