
A Coruña.— A Pep Brocal le gusta definirse de formas diversas (entre ellas, dibujante y autor), aunque lo que deja traslucir a través de sus trabajos y sus palabras es que, en realidad, este creador que lleva ya más de 40 años contando historias en viñetas es totalmente inclasificable. Participó en los ochenta en las revistas Zona 84, Tótem y Cairo, y fue uno de los fundadores de la revista Mr Brain. Colaboró en las revistas infantiles Cavall Fort y Tretzevents, y publicó cómics para primeros lectores en Mamut (series «El pequeño Olaf» y «Lily Megamosca»). En 1995 fue galardonado como autor revelación del Salón del Cómic de Barcelona. En 2019, su obra Inframundo recibió el premio ACDCómic de la crítica. Su obra Caridad del Río, que forma parte de la exposición Viñetas con Memoria Social en el Kiosco Alfonso, aborda la controvertida figura de esta mujer que fue espía soviética y madre del asesino de Trotski.
Lo conozco desde hace tiempo, por supuesto, porque lleva ya muchos años y siempre he tenido muchas ganas de estar, y curiosidad, porque además tenía como veintipocos años cuando estuve en A Coruña y me fascinó, y sé que este festival es como una fiesta y una manera de compensarme socialmente mis aislamientos creativos.
Este tipo de encuentros para mí son fundamentales, porque el trabajo creativo es muy solitario y necesitas ese tiempo de encuentro, de feedback con lectores y lectoras, otros autores y autoras, editores y editoras. Lo necesitas para seguir avanzando en tu trabajo más allá de las búsquedas interiores.
Pues surge en 2019, cuando se convoca el primer premio Ara de cómic de no ficción en catalán. Para mí era un reto porque nunca había desarrollado un proyecto así, de manera que, conjuntamente con mi pareja, nos pusimos a elaborar una lista de personajes históricos en los que podría centrarse la obra. Todos los nombres en la lista eran de mujeres porque teníamos claro que tenía que ser así. Hay muchos menos libros y menos documentación sobre figuras femeninas, y en esa lista Caridad enseguida destacó como una de las propuestas más interesantes para llevar al cómic por muchos motivos.
Es un personaje potentísimo, hay documentación porque es relativamente reciente, vivió en el siglo XX y hay fotografías y documentos. Finalmente gané el premio Ara, pero lo que pedían era solo un proyecto de 14 páginas; entonces, Garbuix me ofreció la posibilidad de llevar adelante una novela gráfica y me puse a ello. El libro se publicó en diciembre de 2025.
Fue una mujer extraordinaria por su personalidad y por su tremendo componente de rebeldía, que la marcará de por vida. Era apasionada, irascible, potente. Ella no hacía nada a medias, porque no sabía hacerlo así. Siempre era todo o nada. Venía de un contexto burgués por completo y se vinculó a movimientos políticos y vivió momentos históricos tremebundos.
No tenía nada que ver con lo que había hecho; yo, por ejemplo, había hecho un libro protagonizado por un cosmonauta y entonces, ¿cuáles son los escenarios? Pues un cielo con estrellas. Pero claro, en el momento en que decides que vas a tratar un personaje real y los escenarios van a ser también reales y además no sirve el París actual (tiene que ser el del año cuarenta y pico o el México del sesenta o la plaza Roja de Moscú del año tal), pues tienes que tirar de películas, de fotografías. Y también, por supuesto, utilizas la imaginación y una cierta lógica, pero es muy exigente cuando haces algo así, porque, además, en una novela esto lo cuentas con palabras, pero en el cómic tienes que mostrarlo.
En realidad soy dibujante y pienso como dibujante, pero también me considero autor. Porque no solo dibujas en un cómic, también trabajas con las palabras y también estás montando una historia. Es cierto que los ladrillos que usas son dibujos, pero el resultado es algo más. Todo se fundamenta en el dibujo, pero hay algunas historias que te pueden atrapar incluso con un dibujo feo, porque es la historia la que te tiene que enganchar.
Por eso digo que el cómic es algo más difícil de acotar. Tiene aún mucho recorrido por delante, todo depende del talento y de los autores y autoras que vayan surgiendo. De eso depende que evolucione más o menos, vaya para aquí o para allá, se expanda…
Yo creo que el cómic es interesante per se. Es cierto que hay quien considera que puede ser útil para acercar a lectores de todo tipo a determinadas temáticas. Esa utilidad yo también la veo, pero me gusta creer que el cómic es un fin en sí mismo, no solo la escalera para llegar a que la gente se interese por la historia. Es un puerto de llegada en sí mismo.
Y, en el caso concreto de mi libro, lo primero que me fascinó fue la personalidad de Caridad del Río, una mujer burguesa que parecía destinada a vivir toda su vida como tal y, sin embargo, tiene una vida de película; al mismo tiempo, permitía hacer el retrato de toda una época, de todo el siglo XX. La burguesía de principios de siglo, el pistolerismo, la lucha de clases, los bajos fondos, el anarquismo, el comunismo, la I Guerra Mundial, la Guerra Civil, la II Guerra Mundial, el exilio, el espionaje, la guerra fría y hasta casi casi el declive de la Unión Soviética, porque esta mujer vivió bastantes años y tuvo tiempo de verlo.
La verdad es que es muy interesante como reto, pero hay que decir que es muy exigente también. Me he leído un montón de libros, me he visto un montón de películas, documentales… Porque lo que haces tiene que estar fundamentado, hay que hacerlo seriamente. El cómic es válido para cualquier tema y es muy directo y llega muy rápidamente al lector. Y tienes que ponerle tus recursos de historietista, una cierta dosis de imaginación y fantasía, porque no estabas en esas conversaciones y tienes que ponerles voz a los personajes.
En definitiva, cuando haces cualquier cómic tienes que conseguir que la historia funcione, que no solo sea un compendio de hechos. Tiene que haber una aventura.
Los autores siempre trasladamos al papel nuestras propias inquietudes. Lo que te pasa por dentro está ahí sobre el papel y a mí estos temas siempre me han interesado porque creo que también están en la base de todo. Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos… Esas frases que puede que suenen a chiste, pero siguen por resolver.
Lo que pasa es que hay modos de tratarlo, porque yo siempre intento darle un enfoque humorístico, manteniendo un misterio e intentando crear una sonrisa al lector para llevarlo de la mano a lo que en definitiva no deja de ser una aventura, aunque tenga todo ese fondo existencialista.
Es cierto que hay varias obras mías con ese esquema, pero por eso me gusta romper dinámicas y pasar a hablar de un personaje histórico como Caridad del Río. Hacer algo distinto y ver luego cómo retomar.
Sí, en este caso son las vivencias también en clave dramática de un dibujante de cómic. A mí me gusta reinventarme en cada proyecto y ya sé que eso suena a tópico, pero eso implica que en algún momento hacia la mitad del proyecto tienes ganas de enviarlo todo a la papelera. Nada funciona, crees que tus personajes no tienen sentido, te has perdido.
Igual hay autores que no se plantean tantas majaderías y es un plan envidiable, pero otros dudamos, damos mil vueltas, perdemos un montón de tiempo… Por eso, vuelvo sobre mis pasos después de Caridad del Río con una mirada más refrescada y eso me permite hacer una historia en que el referente soy yo mismo. El argumento gira en torno a un dibujante de cómic que muere y va al limbo y ahí se encuentra con la muerte y tiene que convencerla para poder volver a la vida y recuperar esa última obra que se quedó en el cajón. Porque él teme que esas 300 páginas se pierdan o, todavía peor, que se las quede otro autor. Pues ese es uno de los miedos que me persiguen desde hace años; pienso: si ahora me muero, ¿qué va a pasar con todo ese trabajo que tengo en el cajón?
En este libro hay una ficción, pero hay realidad porque lo que hago también es un retrato de todo lo que he ido conociendo en el mundo de la edición de cómic. Es un retrato exagerado, pero no deja de ser un retrato y de tener un fondo real.
Realmente todo puede influenciarte. Todo en el mundo está ahí para ser visto, incorporado a tu propio bagaje. El cine es muy importante en mi caso, las artes en general y el cómic en particular, aunque lo tengo al mismo nivel que todo el resto.
Mis influencias han ido variando a lo largo del tiempo; cuando yo era un chaval, pues, claro, Mortadelo y Filemón, que era lo que había en España; también Tintín, cómic francobelga, algún cómic que te llegaba por publicaciones… Ese momento de las revistas que ya pasó y que te permitía crearte una visión sobre qué querías hacer. Cuando empiezas, de alguna manera intentas reproducir, copiar lo que ya has visto y que te ha gustado. Pero como la copia es imperfecta, todo lo que aportas, toda esa originalidad tuya, que es tu incapacidad de hacer una copia perfecta, acaba siendo lo que será tu estilo. Irá configurando tu manera de hacer las cosas y así vas encontrando un camino de expresión gráfica, que al final son los demás los que reconocen, más que tú mismo. Y las influencias son cíclicas. Van cambiando con el tiempo.
Hace poco me han regalado un libro de los primeros americanos de 1895 a 1915, los que publicaban en la prensa diaria; están Rudolph Dirks y un montón de autores de ese momento que, vistos ahora, son de lo más moderno y tienen más de 100 años de historia. Esas cosas me interesan mucho.
Sí, yo tenía claro desde pequeño que quería ser dibujante y se me ocurrió matricularme en la facultad de Bellas Artes de Barcelona y ahí, bueno, lo de dibujante no está contemplado. Hay varias especialidades, pero el dibujo no existe. Puedes ser actor, restaurador, pintor, pero no existía la especialidad de dibujo y pensé «¿qué estoy haciendo aquí?». Pero pensé también «mientras no me echen, sigo», y me propuse acabar lo que había empezado. Es una de esas cosas que haces en la vida y no sabes por qué. Yo creo que en la vida, al final, todo se hace por accidente.
Pues en la mesilla de noche tengo una novela, Tango satánico, de László Krasznahorkai. Pero lo voy combinando con cómics; por ejemplo, Kaspar, de Obom, que me ha gustado mucho. Obom me interesa, no se parece mucho a lo que yo hago y ahí está la gracia. En el encants (el rastro de Barcelona) lo último que me cogí es un recopilatorio del Papitu, una revista de antes de la Guerra Civil en la que trabajaban muchos ilustradores. Había mucho talento en España ya en ese momento, todo eso sabemos cómo terminó, pero se puede recuperar su trabajo.
Con la Guerra Civil muere una sociedad y nace otra totalmente distinta, y es importante que las generaciones más jóvenes sepan lo que supuso, porque entramos fácilmente en la tentación de banalizar todo lo que sucedió.
