
A Coruña.- Cuenta con orgullo que participó en Barcelona en la primera manifestación en defensa del colectivo LGTBI, y es que Sebas Martín ha dibujado desde finales de los años ochenta historietas orientadas al público gay en diversas publicaciones. Vive su realidad con total normalidad y lucha por normalizarla en todos los ámbitos sociales. Entre los múltiples hitos de su carrera se cuentan el primer premio de cómic Serra i Moret, o el haber sido redactor jefe de la revista especializada en cómic gay Claro que Sí. Con sus obras Que el fin del mundo nos encuentre bailando y La piel como única bandera, Sebas Martín se estrena en el cómic histórico acercándonos a la vida de Basilio y Tomaset. Esta historia, que arranca al final de la República y continúa en el exilio en Francia durante la Guerra Civil, de la mano de un autor con una larga trayectoria, forma parte de las muestras do Viñetas 2026 presentes en el Kiosco Alfonso.
Yo tenía muy claro que quería dedicarme al mundo del cómic desde niño; cuando les preguntaban a otros niños que querían ser y decían «astronauta, bombero», siempre decía «yo, dibujante de historietas». Pero no sabía por dónde salir, eran otros tiempos. Yo vengo de una familia que no tiene absolutamente nada que ver con el mundo de la creatividad ni el arte ni nada. Empecé a estudiar diseño gráfico en Barcelona, en la Llotja, la escuela de artes y oficios y, de hecho, nunca trabajé de diseñador gráfico. Encontré mientras estaba estudiando un primer trabajo de interiorista y estuve unos 15 años trabajando. Primero en tiendas y, luego, en una tienda del paseo de Gracia, pero no tenía vida. El trabajo estaba bien, pero no tenía vida, y mi verdadera pasión, que era el cómic, estaba totalmente aparcada. Lo dejé y probé suerte.
La cosa fue irregular, pero en aquel tiempo estaban las revistas, donde, haciendo pequeñas colaboraciones en un montón de sitios, podías llegar a final de mes. Y así estuve hasta mediados de los 90, que fue cuando las revistas iniciaron su canto del cisne. Todo el mundo te pedía solo una novela gráfica y, claro, con una sola novela gráfica cada año no pagas el agua, el gas y la luz y llenas la nevera. Así que ahí me tuve que buscar otro trabajo, pero con una jornada intensiva que me permite estar libre a las 5 de la tarde para poder seguir trabajando en lo mío.
Aunque parezca un poco melodramático, yo tengo una edad y de pequeño no había mucho papel en casa, pero sí se compraban los diarios y yo dibujaba batallitas en los márgenes blancos de los periódicos. En mi casa podías ver el papel de periódico que ponía mi madre después de fregar lleno de dibujos míos alrededor. En el colegio, cuando hacía una redacción primaban más los dibujos que hacía para ilustrar la redacción que el texto, y cuando debía de tener unos 12 años, entonces no había fotocopias, hacía una historieta semanal que iba de los compañeros de colegio y hacía varias copias apretando fuerte con papel de calco.
Así que, eso del fanzine, yo, antes de las fotocopias ya lo hacía. Lo tenía muy claro, pero no lo entendían, te llamaban pintamonas. Estaba bien hacerlo un rato, pero no dedicarte a esto.
A nivel narrativo, yo bebo más de la sitcom que del cómic en sí; de hecho, cuando la gente lee mis historietas dice «de esto se podría hacer una serie». Hago la escala narrativa por escenas que se parecen a esas escenas del sitcom que están pensadas para que duren unos 10 minutos para que luego te pongan un par de anuncios. A mí me gusta que, en mis novelas gráficas, aunque haya una continuidad narrativa de 200 páginas, tú lo puedas dejar de leer cada 10 páginas.
Todo el mundo me pregunta por los grandes autores de cómic LGTBI+, al ser lo que yo hago: por Nazario, por Tom of Finland... Mi tipo de dibujo no tiene nada que ver con ellos, ni mi tipo de narrativa, pero, si ellos no hubieran abierto camino, yo no estaría aquí. A nivel de estilo, yo tengo muchas más referencias en la línea clara francobelga. Hay gente que me ha comparado con Jacques Tardi, porque ambienta mucho y trabaja mucho los interiores y eso a mí me encanta; de hecho, es uno de mis autores favoritos junto a Moebius. O aquí, en España, Paco Roca y Pilarín Bayés.
Soy muy metódico. Tengo una serie de ideas que guardo en un cajón, ideas sobre de qué quiero que vaya una historia, y con eso creo una escala narrativa. Cuando tengo la escala narrativa con cosas que quiero que pasen (que incluso lo hago en papeles que voy colocando en un corcho, como si se tratara de una serie de televisión), entonces me pongo a escribir un guion técnico, viñeta a viñeta: dónde van los personajes, tipo de plano... Y en mayúscula y negrita pongo los diálogos. Cuando tengo el guion técnico acabado, lo empiezo a dibujar.
Dibujo siempre a mano, lápiz en papel de croquis DIN A3, porque me resulta especialmente práctico. Paso a tinta en papel Canson vegetal; de esta manera no necesito ni mesa de luz, descansa mucho más la vista y no tengo que borrar tampoco. Lo hago con plumilla, mojando la plumilla en tinta china. He conseguido unas plumillas que el día que las dejen de fabricar me van a matar. Ya las compro por cajas de 20 en 20.
Y escaneo y lo único que hago en digital es poner grises cuando es blanco y negro con grises, y cuando es color, el color. Lo bueno que tiene en esta fase el digital es que no te ensucias, si tienes 20 minutos te puedes poner a colorear y dejarlo.
Me gusta mucho utilizar el blanco y negro con grises, porque funciona muy bien para el tipo de historias que yo hago.
La fase de rotulación la hace Iris Bermúdez, de La Cúpula, que es mi rotulista maravillosa, con la que trabajo en continuo contacto. Y ya la fase final, la entrega. Que siempre intento que sea una novela gráfica de 100 páginas y se me va siempre a 300. Parezco uno de esos directores de cine que no saben hacer películas de menos de dos horas. Me van saliendo muchas cosas que explicar. Hay un momento en que los personajes se mueven solos. Te guían. Eso me pasa mucho.

Esto es tremendo. Mi hijo me decía el otro día que tendría que vivir por lo menos hasta los 130 años para escribir historias con todo lo que se me ocurre. Soy una persona que tiene muchas ideas, porque me voy fijando mucho en el mundo que me rodea. Voy en el autobús y voy escuchando una conversación y digo «esto lo podrían decir estos dos personajes» o «de aquí puedo tirar del hilo y sacar una historia».
Mis guiones, normalmente, tienen lugar en el año en que los escribo, excepto la saga de La piel como única bandera y Que el fin del mundo nos encuentre bailando. Hablo de lo que ha sucedido en el último año, de cosas reales, con lo cual siempre tengo material. Siendo una persona abierta al mundo, siempre tienes material. Recuerdo que hace dos años en el Salón del Cómic de Valencia alguien me preguntó si tenía crisis creativas y tuve que ir a la Wikipedia a ver qué quería decir. Eso de las crisis creativas no sé lo que es.
Con mi trilogía de la memoria, la chispa de la idea ha tenido otro recorrido. La idea dormía en un cajón desde hace 10 años, porque yo necesitaba madurez profesional para poder desarrollar esta historia que tenía lugar en los últimos días de la República en el caso del primer volumen. Hablamos además de una historia que está basada muy libremente en las memorias de un tío mío, del hermano mayor de mi padre. Mucha de la documentación que aparece es de primera mano. De hecho, tenía que ser una sola historia, autoconclusiva, que finaliza el día en que se levantan los fascistas y empieza la guerra civil. Pero muchos lectores querían saber qué les pasaba a esos personajes y a mí también me picaba el gusanillo de seguir.
Pensé en hacer una segunda parte, pero, si con la primera llegué a 300 páginas... Quedaba claro que necesitaba más espacio para que quedase algo bien explicado. No dejarme muchos cabos sueltos.
Esta fue la primera obra que hice con documentación histórica. Ha sido el triple de trabajo que una de mis creaciones convencionales, pero me lo he pasado tan bien que ahora estoy trabajando en más obra de memoria histórica. De hecho, este año he ganado el premio Finestres de cómic por esta obra en catalán, la segunda parte, La piel como única bandera. Además, cada vez que busco algo encuentro más cosas, tiro del hilo y me voy animando muchísimo.
Creo que el cómic tiene una ventaja sobre otros medios narrativos y es que a mucha gente, sobre todo gente joven, que no se atrevería con un libro que hable de memoria histórica, le causa cierto rechazo. «Esto es un tocho», piensan. Sin embargo, el cómic entra muy bien por las ilustraciones, y por esa rendija podemos colarnos para explicar cosas que pasaron y que creo que son muy necesarias, porque, si algo ha perdido en este país, si es que la tuvimos alguna vez, es la memoria histórica. No recordamos qué ha pasado a muchos niveles. No solo a nivel político, sino también ahora, por ejemplo, a nivel de emigración. Fuimos durante muchos años un país de emigrantes.
Creo que es un deber que tenemos, el de explicarlo. Y creo, además, que no es solo que tengamos la obligación, sino que es que nos apetece a muchos autores. Yo siempre digo que, si corrí delante de los grises en los 70 ahora tengo el deber de explicarlo.
Es cierto que se me dan bien los títulos y que además siempre utilizo títulos largos. Se me da bien, pero también les doy mucha importancia. En una de mis series, la de Peluche, que es guionista de cómics, hago que él haga esos cómics con esos títulos que se me han ocurrido y que yo no puedo hacer. Así al menos hago las portadas de esos cómics, de esas novelas gráficas. De hecho, ya tengo el título de la tercera parte de mi saga de la memoria histórica.
Sí, os lo puedo decir. Se llama Solo se recuerdan las heridas. Se me ocurrió porque realmente, aunque cicatricen, las heridas se recuerdan, sobre todo las interiores.
Mis personajes son gays, pero yo nunca he escrito historias dentro del gueto. Mis protagonistas tienen madres, amigos heteros, primos, vecinas...
Es un nicho quizás, o lo fue durante un tiempo para mí. Mi editor, Emilio, de La Cúpula, siempre decía que yo tenía un público quizás más reducido, pero tremendamente fiel. Y eso ha hecho también que se interese por el cómic mucha gente del colectivo que no se interesaba porque, aparte del cómic erótico gay, no había un cómic que explicase su vida cotidiana. De pronto, con estas dos novelas gráficas sobre la memoria histórica, el público generalista se ha dado cuenta del tipo de historia que explico y muchos están empezando a comprar mis novelas anteriores y les gustan.
Soy muy militante, participo en charlas y encuentros en defensa del colectivo; de hecho, yo viví la primera manifestación, siendo muy jovencito. Hay muchas cosas por las que luchar a todos los niveles, no solo dentro del colectivo LGTBI, y estamos a un pasito de perderlas. Tenemos que seguir dando caña.
Así que, ¿la etiqueta de cómic gay? No la rechazo, veo que me funciona bien, pero no soy exclusivo. Mi cómic tiene temática gay, pero no es solo para gays, es para todo el mundo. Y no soy el único autor gay que hace este tipo de cómic. De hecho, Ralf König ahora se ha convertido en algo que leen más heteros que gays, y me parece muy bien.
Es que al final el cómic se divide en dos categorías: bueno o malo. Hay cómic gay muy bueno y lo hay malísimo, como de cualquier otro tipo. Pero lo curioso es que mucha gente me dice «¿y por qué no te dedicas a hacer otro tipo de cómic?». ¿Y por qué no te dedicas tú, a ver? Si a mí me va bien aquí, ¿por qué tengo que dejar de hacerlo? A ver, ¿por qué tú te vistes siempre de negro y no te vistes de verde?
Los autores de novela negra hacen novela negra porque les gusta y funcionan bien en ella. ¿Acaso tienen que pasarse a hacer recetarios de cocina?
Lo que se van a encontrar van a ser como dos tráilers para ver la película, que te entren ganas de leerte los dos libros. Son 40 páginas en las que podrán ver cómo desarrollo los diálogos y conocerán a Basilio y Tomaset. Hay quien me dice que ya forma parte de su familia, incluso piensan que son unos tíos mayores, que les están explicando su historia. Y la gente que sea del colectivo va a ver que no hemos inventado nada, que en los años 30 ya nos daban cincuenta vueltas saliendo, encontrando lugares, reivindicando, luchando... y verá toda esa Barcelona canalla de la República que tenía lugares reseñados en espacios como Le Monde o el Times porque eran un lugar de referencia, sobre todo para aristócratas y burgueses que buscaban emociones fuertes.
Y en la segunda parte se van a encontrar la historia de un exilio, y hablo de cómo los exiliados que llegaron a Francia pensaban que iban a ser recibidos con los brazos abiertos y fueron confinados en lo que se llamaba campos de refugiados, que realmente eran campos de concentración. Y desde allí todas las aventuras de este exiliado que es Basilio y cómo llega a integrarse en la sociedad francesa.
Pues podría recomendar muchas pero voy con tres.
Anatomía de un esqueleto, de Pep Brocal. Aprendiz de cuervo, la edición integral, de Danide, una absoluta delicia que me recuerda a La isla del doctor Moreau mezclado con Rebelión en la granja. Diario del Yeti, de Santi Arcas, que, en principio, parece una historia del Yeti, pero, en realidad, es una historia urbana.
